
Desde hace una década asistimos a una transformación de nuestra vida cotidiana: las formas de socializar, de divertirnos, de comprar y vender, de estudiar y de trabajar han cambiado radicalmente en pocos años. Estos cambios fueron tan rápidos que todavía no llegamos a entenderlos, a valorarlos correctamente y mucho menos a adaptarnos. Recién desde hace dos años contamos con investigaciones que evidencian las consecuencias que tienen en nuestra vida, y especialmente en la de los adolescentes, el uso masivo y permanente de los celulares.
Probablemente no haya habido otro dispositivo tecnológico en toda la historia de la humanidad que hayan usado todas las personas adultas de forma tan continua y con tanto impacto directo en nuestra subjetividad –ni el auto, ni la televisión, ni el reloj, ni el arado, ni la ropa, ni el fuego–.
Los adolescentes lo usan en promedio más de siete horas diarias. A este dato hay que sumarle la cantidad de veces que se consulta el dispositivo en el día –desbloqueos–. El promedio en adolescentes es de 150 veces diarias. Esto significa que consultan el celu, en promedio, cada siete minutos durante todo el día –aquí es clave el control de las notificaciones–. Está claro que el uso es permanente. Y este es el promedio, no los casos más problemáticos.
En su libro “La Generación Ansiosa” (2024) el psicólogo social Johnatan Haidt hace una síntesis de las consecuencias negativas del uso excesivo de celulares:
La tendencia actual a nivel mundial es ir hacia la restricción del uso en las escuelas e incluso a la prohibición.
Ya no hay dudas respecto de los problemas que genera el celular sobre el pupitre o en el bolsillo. No podemos ser ingenuos, no es como una calculadora o cualquier otra herramienta de trabajo. No está hecho para que lo usemos, está hecho para usarnos. Cabría aquí reflexionar sobre la responsabilidad de diseño que tienen las empresas fabricantes pero excede a este artículo. Según un estudio de 2022 Argentina está entre los tres países del mundo en los que los estudiantes más se distraen en la escuela por el uso de su celular o el de un compañero.
En este sentido, la prohibición podría ser muy positiva. Ya hay estudios de casos a nivel mundial respecto de los efectos positivos en la atención, la motivación y los resultados sobre todo en disciplinas como la matemática que requieren de un mayor nivel de concentración. Sin duda esta sería la mejor opción si pudiéramos prohibirlo de la vida entera. Pero no es el caso.
La escuela es un espacio privilegiado para educar: no solo en la transmisión de ciertos contenidos y valores culturales básicos para la vida en sociedad, sino también en habilidades como la capacidad de observar, dialogar, decidir, crear y desarrollar un pensamiento crítico.
Quienes abogan por la prohibición total consideran que el aula es un espacio de oportunidad para practicar y aprender todo lo que el celular nos está robando: el silencio y la pausa, la concentración en una tarea, la lectura y la escritura a mano, el diálogo respetuoso, racional y reflexivo, la práctica del arte, la contemplación de la naturaleza y el perfeccionamiento de la técnica manual. La presencia del celular atenta activamente contra estas iniciativas.
Sin embargo, también es cierto que si desde la escuela no enseñamos a hacer un uso seguro, responsable, ético y creativo de las nuevas tecnologías, es probable que nadie lo haga. En este sentido, el aula también es un espacio educativo privilegiado. Es fundamental abordar en la escuela temas como el grooming, el ciberacoso, la adicción, los diseños manipuladores en videojuegos y redes sociales, la identidad, la amistad, la violencia y el compromiso en los entornos digitales. Y no solo abordarlos de forma teórica, sino trabajar el uso responsable en la práctica, propiciando la observación y la reflexión sobre lo que nos va pasando en los entornos digitales, generando hábitos de uso y capacidad de autocontrol. Los adultos tenemos los criterios claros y somos referentes, podemos educar poniendo límites y haciendo pensar, pero tenemos que conocer cómo funcionan estos entornos para poder guiar con mayor claridad.
La realidad es compleja. No es lo mismo el nivel primario que el secundario. No impacta de la misma manera a varones que a mujeres. Tampoco podemos proponer las mismas estrategias en escuelas de escaso acceso a las nuevas tecnologías que en aquellas que disponen de todo. Además los cambios son vertiginosos y no dan tregua. Lo qué sí es ineludible es una reflexión institucional profunda sobre esta nueva situación que por momentos sentimos que nos excede. Y, a partir de la reflexión, hacerse cargo de la situación: regular, educar y proponer alternativas.
La revolución digital no solo está cambiando nuestras costumbres, está moldeando a las nuevas generaciones. Nuestros alumnos no son los mismos que hace diez años. No tienen la misma capacidad de atención, los mismos problemas, los mismos intereses ni las mismas necesidades. En este sentido, es preciso replantearse cuál es el diferencial que la escuela ofrece hoy. La innovación educativa no implica necesariamente sumar tecnología sino renovar las formas de enseñar y aprender para que la escuela resulte más significativa y valiosa para nuestros estudiantes actuales.
Algunas pistas:
Sin duda la escuela tiene mucho por hacer, pero la educación en el hogar es fundamental para lograr un cambio. Para muchas familias es una tranquilidad que su hijo esté en la casa y no jugando en la calle. Esa sobreprotección respecto del espacio público convive con una desprotección en los entornos digitales. ¿Qué rol asumimos como padres a la hora de poner límites en el uso de celulares? ¿Sabemos cuánto tiempo diario lo usan? ¿Qué aplicaciones tienen y para qué las usan? ¿Ponemos límites de uso en el hogar –durante las comidas, en el baño, al acostarse o levantarse, durante el tiempo de estudio–? ¿Dialogamos en la mesa sobre cómo les va en los entornos digitales? ¿Con quiénes se relacionan? ¿Cómo? ¿Sabemos si hay algo que les esté molestando allí? ¿Reflexionamos sobre el propio uso de los dispositivos y lo que generan en nosotros? ¿Reconocemos con humildad los propios límites y usos problemáticos o los justificamos?
La revolución digital es tan masiva que podemos estar tentados de dejarnos llevar por la corriente. Pero cuando observamos algunos de los estragos que está generando en la juventud sentimos que no podemos rendirnos sin luchar. Si bien no hay recetas dejamos aquí algunas pistas:
Por: Franco Toffoli
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JUNIO 2026