
En los patios, las plazas, las escuelas y los encuentros juveniles aparece cada vez con más frecuencia una escena que preocupa: adolescentes y jóvenes usando cigarrillos electrónicos, también llamados vapers o vaporizadores. Su estética moderna, los sabores dulces y la facilidad de acceso hacen que muchos los perciban como algo inofensivo, incluso “mejor” que el cigarrillo tradicional.
Sin embargo, la evidencia médica y la experiencia pastoral nos muestran otra cara de la realidad. El vapeo no es inocuo, especialmente para quienes todavía están creciendo y construyendo su proyecto de vida.
El cigarrillo electrónico es un dispositivo que funciona con batería y calienta un líquido para generar un aerosol que se inhala. Ese aerosol no es vapor de agua: contiene nicotina, glicerina, saborizantes y otros compuestos que ingresan directamente a los pulmones.
Aunque a veces se presenta como una alternativa “más segura”, organismos de salud coinciden en que no existe vapeo sin riesgo, sobre todo en adolescentes y jóvenes.
El crecimiento del vapeo especialmente entre adolescentes no es casual. Hay varios factores que influyen en su consumo: sabores frutales o dulces diseñados para resultar agradables, diseño discreto y moderno, fácil de ocultar, publicidad y redes sociales, que lo muestran como algo de moda o sin consecuencias. Detrás de esta imagen atractiva, muchas veces se ocultan los riesgos reales, que no siempre se conocen o son minimizados.
En nuestro país, la ANMAT prohíbe desde 2011 la importación, comercialización y publicidad de cigarrillos electrónicos, con el objetivo de proteger la salud pública, especialmente la de niños y adolescentes. Sin embargo, distintos informes periodísticos muestran que el acceso sigue siendo relativamente fácil, a través de ventas informales, redes sociales y comercio online. Según datos difundidos por Infobae: cerca del 9 % de los adolescentes ya utiliza vapeadores, casi la mitad manifiesta curiosidad o intención de probarlos. La existencia de la ley no siempre se traduce en un control efectivo.
Este fenómeno nos desafía a mirar más allá del dispositivo. Muchos jóvenes buscan pertenecer, aliviar tensiones, experimentar o sentirse parte. El vapeo aparece como una respuesta rápida, pero no profunda.
Educar y acompañar en este tema no es moralizar, sino cuidar la vida y la libertad. Estamos llamados a estar presentes, a escuchar sin juzgar, a ofrecer alternativas saludables y con sentido, a ayudar a cada joven a elegir lo que lo haga crecer. La ciencia es clara y la experiencia pastoral lo confirma: cuidar el cuerpo es cuidar la vida.
Por Andrés del Campo //
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – ABRIL 2026